miércoles, 2 de noviembre de 2016

Edición impresa ya en la calle

El alquiler vacacional ha sido el gran tema del verano, un tema que ha desbordado a políticos y lobbys de presión, que no han sabido como acometer la avalancha que se ha producido y que están haciendo encaje de bolillos para poder tejer legalmente algo coherente y con recorrido. Las últimas previsiones apuntan que para el verano 2017 habrá una normativa consensuada que regule esta actividad, que para muchas familias supone un plus en sus mermados ingresos, mientras que para muchas agencias representan un filón a explotar sin miramientos a beneficio propio.
Si realmente estamos inmersos en un plan de cambiar nuestro turismo para que vengan visitantes de mayor calidad, sería recomendable que también se potenciará en la futura norma, aportando valor al arrendatario cuando apueste por clientes tipo familiar en lugar de grupos juveniles que parecen sacados de realitys televisivos. Al final el beneficiado será el casero, el supermercado, el bar, la pizzería  y otros servicios que se vuelquen con este turismo para que vuelva a su casa contento y con ganas de repetir.
Según las crónicas, la clase hotelera ya trabaja en esa faceta y están obteniendo resultados, aunque también es bien cierto que hay y seguirá habiendo, establecimientos especializados en jóvenes que ofrecerán lo que vienen buscando a nuestro municipio. Pero no nos engañemos. La convivencia de estas naturalezas turísticas es inevitable, aunque si puede minimizarse la extensión del turismo contraproducente con nuestra imagen o con la convivencia social, ya que por mucho twitter o publicidad que se haga donde sea, cuando uno tiene veintipocos  años y se va de vacaciones con los colegas a la playa siete días, es difícil que aflore lo aprendido en el manual de las buenas maneras. Ahí es donde instituciones públicas y privadas deben actuar para que prevalezca un destino cómodo, seguro y atractivo a beneficio de residentes y visitantes.

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